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Ella octubre 14, 2008

Posted by jcanez in cuento, Ella.
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Voltiando a los cuentos…

El fué quien insistió primero

-¿Que te pasa, tienes miedo?

Y es que cualquiera se acobardaría en ese lugar. La luz era difusa y no aclaraba algunos rincones de la calle. Tampoco llegaba a iluminar las entradas de los edificios. Podría decirse que la luz de la luna era mas funcional que la de aquellos viejos faroles en los cuales a veces chisporroteaban los cables cuando llovía.

-¿Y entonces? – volvió a insistir.

Aún estaba indecisa. Ya era tarde y nunca había llegado a casa después de las diez. Ni siquiera aquella vez que salió al cine con su ex. Pero… de pronto recordó que sus padres estaban de viaje y no llegarían sino hasta dentro de dos días. Ya no tenía excusa, solo era su decisión.

– Creo que mejor nos vamos…
– ¡No!, vamos – aclaró ella
– Está bien.

El sonrió. Aunque a ella le pareció una sonrisa maquiavélica, solo fue una sonrisa, así que ella tomó su mano y se adentraron en aquel terreno. La cerca no fue mayor obstáculo, lo difícil vino al tratar de esquivar los huecos de la joven construcción. Ella volvió a pensarlo, tal vez no fuera buena idea, pero ya era tarde. Ya estaba metida hasta el cuello y quizás arrepentirse la dejaría como una muchacha boba.

Por primera vez en aquella noche lo miró a los ojos, encontrando un brillo desagradable.Todo él le parecía asqueroso, sin la mas mínima gracia. Pero esto no le importaba, debía avanzar.

– Aquí está bien – dijo el luego de examinar con el voltear de su cabeza la mayoría del terreno.

Ella volteó también y se dió cuenta que estaban lejos de la cerca, lejos del carro. El tiempo y la distancia se le habían ido pasando esquivando huecos. Ahora le parecía que estaban lejos, pero prefirió callar. Pensó esto justo cuando sintió un frío en su estómago. El tenía sus manos posadas sobre su vientre. No era malo, pero tampoco bueno, así que las retiró esperando un quejido de reproche. Pero el solo se sentó. Tenía una seguridad tremenda en lo que hacía y en lo que quería, así que abrió el bolso que llevaba y sacó dos cigarrillos sueltos. Luego hurgó en los bolsillos de sus pantalones y extrajo aquel yesquero dorado que siempre decía que había heredado de su abuelo.

– Sientate… ya estás aquí.

Antes que terminara de decir la frase ella se había sentado frente a él.

Cuando se sentó se había sentido pesada. Era como una pesadez en el aire que la oprimía hacia el suelo. Esto tampoco le importó, ni el humo denso y claro que salía del cigarrillo que el había encendido.
Con un pulso tembloroso, lo tomó y se lo llevó a los gordos labios, mordiéndolo. La hierba le hizo picar la lengua. Intentó aspirar, sin resultado pues el humo le llenó la boca y nariz, haciéndola toser. Aún así intentó de nuevo y esta vez sintió un calor que le llenó el pecho… y una sensación de idiotez que la recorrió desde los pies hasta los ojos, por donde sentía que le salía el humo blanquecino. El mismo que le llenaba la boca, dejándole un sabor a mantequilla rancia. Volvió a aspirar. Pero ahora toda ella era de humo, y sentía miedo de confundirse con el aire que le rodeaba. Solo la salvaba la delgada epidermis a punto de romperse por la presión.

Ya no le importaba nada, ni que no le importara algo. El había desaparecido, aunque ella no supiera cuándo y aunque supiera que estaba ahí, frente a ella, jugando con sus aterciopelados senos; otra cosa que no le importaba. Lo único que llamaba su atención era ver sus pensamientos alejarse de su mente pues su cabeza había cedido a la presión, en una abertura considerable.

Por ahí empezó a escaparse ella. Fué facil la salida: una vez que habia sacado el torso se impulsó con las manos, apoyándolas en la piel ya floja, sin contenido. Una vez terminó de salir vió su cuerpo caer al piso, todo flojo, parecía un disfraz sin nada que lo llenara. Ahora podía ver con detalles por donde había salido. Era una abertura que iba desde la oreja hasta el ojo izquierdo. ¡Que vitroso se veía su ojo!.

Empezó a jugar con su cuerpo inerte. No era que no tuviese forma, era que ella lo percibía así. Sentía que podía rellenarlo con otro aire, con viento. Esto la divertía. Intentó entonces tomar unos sonidos marrones que venían de la cerca. Eran los ruidos del carro que se alejaba. Ya era tarde y el se había ido. Y por más que buscó por todos lados no lo encontró. Solo una piedra fuera de lugar…

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El cuento anterior lo escribí hace mucho. El 6 de Julio de 1992. Estaba en segundo año de la Universidad, estudiando Comunicación Social y era una época oscura de posmodernismo. The Cure, Sentimiento Muerto eran mi soundtrack.

Este cuento (el primero de los pocos que hice) fué escrito, según recuerdo, en una noche de insomnio luego de oír “Aire” de Mecano en una vieja casetera que tenía en mi cuarto. Lo había perdido, pero una amiga (de hace mucho tiempo) se tomó la tarea de transcribirlo en computadora desde mis manuscritos (hace mucho también) y me los regaló salvando una parte de mi vida (hace mucho también).

Aire… soñe por un momento que era Aire… oxigeno, Nitrógeno y Argón!!!

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